
Como si su última aventura hubiese sido hace 50 años, aunque en realidad se tratasen de 11, desbaratando un intento de robo a una importante sucursal neoyorkina urdida por un tipo alemán cargado de rencor, el bueno de John McClane, había sido relegado a un pequeño apartado de su comisaria de policía y vivía sus días de mayor fragilidad.
Seguía divorciado, con fijación por el whisky y una barriga costosa de llevar. Además de sufrir una leve cojera que le impedía su paso normal.Cada día odiaba más su trabajo, o mejor dicho, cada día le apestaba más su vida. Estaba en crisis, en decadencia.
Richard Donner le llamó hace cosa de un año. Le dijó que queria hacer con él lo que tantas veces había hecho con Riggs y Murtaugh. Ya no podía contar con ellos. Se habían dado a otros menesteres. El primero se había aficionado a los idiomas. Y cuanto más antiguos mejor. Por lo visto ya era especialista con el arameo y el hebreo y aprendía por aquel momento el maya. El segundo, era el lider de unos esclavos en una ciudad llamada Manderlay y para nada, abandonaría aquel lugar.
McClane lo dudó. Su intención no era, ni mucho menos, la de revivir viejas aventuras ataviado con su blanca camiseta de tirantes. Ya no estaba para esos trotes.
Sin embargo lo que el viejo Donner le propuso, McClane ya lo había hecho, por lo que se despertó en él una extraña sensación de añoranza como hacía tiempo que no sentía.
Eso de atravesar las calles de Nueva York, acompañado de un peculiar tipo de color en distintos coches, era para él pan comido. Y si la situación era límite, tanto mejor. A McClane se le puso la carne de gallina solo de pensarlo.
John lo meditó agarrado a su botella, después de una nueva y anodina jornada de trabajo. Necesitaba acción, eso estaba claro. Su espiritu se lo pedía, aunque no tanto su maltrecha salud. Era consciente de su nefasto estado. Aún así, volvió a telefonear a Donner. Este le garantizó que su nueva aventura no se extendería mucho más de hora y medía, y que solo tendría que atrevesar 16 calles.
McClane pidió un tiempo de reflexión. La tentación era muy grande. O al menos, estaba más despierta que en otras ocasiones.
Tres días después, Mclane telefoneó por segunda vez a Donner. Lo había meditado, y había decidido aceptar su nueva tarea. Eso si, no sin imponer sus condiciones. Cambiaría su nombre por el de Jack Mosley y enfrente tendría como rival a un viejo amigo de la sociedad "12 monos".
Donner aceptó las condiciones sin rechistar y McClaine, ahora Mosley, aparcó su botella y sin ni siquiera afeitarse, se puso manos a la obra con la única intención de atravesar 16 calles en el tiempo requerido.
